EL DEBER
DEL PADRE HACIA LA FAMILIA EN GENERAL.
Juan
Bunyan (1628-1688)
El que es cabeza de una
familia tiene, bajo esa relación, una obra que realizar para Dios: gobernar
correctamente a su propia familia. Y su obra es doble. Primero, tocante a su
estado espiritual. Segundo, tocante a su estado exterior.
Primero, tocante al
estado
espiritual de su familia, ha de ser muy diligente y circunspecto,
haciendo lo máximo para aumentar la fe donde ya la hay, y para iniciarla donde
no la hay. Por esta razón, basándose en La Palabra, debe con diligencia y
frecuencia compartir con los de su casa las cosas de Dios que sean apropiadas
para cada caso. Y nadie cuestione esta práctica de gobernar de acuerdo con la
Palabra de Dios; porque si la enseñanza en sí, es de buen nombre y honesta, se
encuentra dentro de la esfera y los límites de la naturaleza misma, y debe
hacerse; con más razón muchas otras enseñanzas de una naturaleza más elevada; además, el
apóstol nos exhorta: “Por lo
demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo
lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna,
si alguna alabanza, en esto pensad” (Filipenses.
4:8). Poner en práctica este piadoso ejercicio en nuestra familia es
digno de elogio, y es muy apropiado para todos los cristianos. Ésta es una de
las cosas que Dios tanto encomendó a su siervo Abraham, que tanto afectó su
corazón. Conozco a Abraham, dice Dios, “conozco” que es de verás un buen
hombre, porque “Sé que mandará a sus
hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová,” (Génesis
18:19). Esto fue algo que también el buen Josué determinó que sería su
práctica durante todo el tiempo que viviera sobre esta tierra. “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josue
24:15).